RESTAURANTE EL LAVADERO DE PATONES - Patones de Arriba

Nos encanta lo que hacemos


En 2015 inauguramos nuestro restaurante El Lavadero de Patones en el pueblo más mágico de Madrid, Patones de Arriba.

Divertido, romántico y familiar, para los amantes de la naturaleza y la belleza, pero sobre todo para los que gustan de la buena mesa, con platos típicos de la zona, (el cabrito, el lechazo, las migas, los callos, el chuletón,.....) y los productos de temporada, elaborados de forma generosa, sencilla y honesta.

Nuestra especialidad son las carnes a la brasa con carbón de encina, utilizando la mejor materia prima de nuestra querida Sierra de Guadarrama. En nuestro restaurante cuidamos mucho la selección y reconocimiento de las mejores piezas, porque sin unos buenos ingredientes no es posible conseguir la excelencia, por tanto la selección de la carne es fundamental para nosotros.

Si te gusta comer, o deseas celebrar cualquier evento importante para ti, en uno de los entornos más increíbles de Madrid, estaremos encantados de poder ayudarte.

Ponte en contacto con nosotros, será un placer atenderte.

En nuestra sección de galería hemos seleccionado algunas fotos nuestras y en Nosotros una visita al Lavadero de Patones para que nos conozcas un poco mejor.

Os esperamos a todos en el pueblo donde el tiempo se paró, Patones de Arriba...


Si te apetece, échale un vistazo a los servicios  de El Lavadero de Patones, a nuestra carta o bien puedes

 

”Como a mitad de camino entre Torrelaguna y Uceda se ve a mano izquierda una gran abertura en la cordillera, que cierra  un pequeño valle, llamado  “Lugar de Patones” sobre el cual sería delito no contar una célebre antigualla, que es la siguiente:  En aquella  desgraciada  edad  en que los sarracenos se  hicieron dueños de España,  ya se sabe que muchos  de  sus  moradores  huyeron a  las  montañas  y a  los  parajes más  escondidos y retirados.  Algunos buenos cristianos  de  la  tierra  llana  decidieron,  pues, introducirse por la expresada abertura, buscando en el interior de la sierra  cuevas  donde  esconderse,  y  fue  de  tal  suerte,  que  no  cuidando  los enemigos  de territorio  tan áspero y quebrado, pudieron aquellos godos fugitivos vivir en él todo el tiempo libres del poderío musulmán,  manteniendo sus costumbres, creencias y sustentándose de la caza, pesca, colmenas, ganado  cabrío y del cultivo de algunos  centenos, como lo hacen también ahora.

Estos  hombres,  que  se  llamaron  los  Patones,  eligieron  entre  ellos  a la  persona  de más  probidad para que les gobernase  y  decidiese sus disputas, de cuya familia era el sucesor, y así se fueron manteniendo de siglo en siglo con un gobierno hereditario, llamando a su cabeza  “Rey de los Patones”. No es esto lo más gracioso, sino que después de haber recobrado  España  su  primitiva  libertad,  y sacudido totalmente el yugo de los  sarracenos, se ha conservado entre  los  Patones  este  género  de  Gobierno   (bien que subordinado a los Reyes de España y a su Consejo)  hasta nuestro días, en que el último  rey  de Patones solía ir a vender algunas carguillas de leña a Torrelaguna, en donde le han conocido varios sujetos, que le trataron y me han hablado de él.

Este hombre, que era pacífico y enemigo de chismes, se dejó de cuentos, y comprobando que sus súbditos se situaban ya en el boquete,  a vistas a  la llanura,  hubo  de  barruntar alguna  inundación de  las fórmulas  legales de su reino (donde  los  juicios eran verbales, sin autos, pedimentos, ni traslados), o acaso la ocupación del Gobierno le impidiese atender  debidamente a su propia subsistencia, por lo que abandonó su trono; de modo que los Patones, viéndose sin pastor, se sujetaron espontáneamente a la  jurisdicción y al corregimiento de  Uceda, de la cual hoy es aldea el Reino Patónico.

¡Cuantas  reflexiones  morales  y  políticas  me  viene a la imaginación! Un reino hereditario de mil años por lo menos, gobernados en profunda paz,  sin otras reglas que la razón natural; un pueblo conservado en medio de España, en el cual  no  pudo  hacer  brecha  el  Corán,  ni  tanto  errores  como  después  fueron viniendo;  un reino contento con la angostura de sus límites,  sin dar entrada a otras costumbre,  ni trajes, ni más idea que la de cultivar bien su estrecho territorio,  ni  más cuidado que los de sus colmenas y su ganado; los hijos de las familias sujetos a los padres,  y todos ellos obedientes a su rey..

Queden,  por  lo  tanto,  los  lectores instruidos de esta singular Monarquía Patónica, de su principio, duración y fin; y aunque alguien diga (que bien se dirá) ¿cómo es posible que existiese eso a doce leguas de Madrid, sin saberlo yo, ni haber oído  hablar a alma viviente?  no me causara maravilla,  pues yo me hallaba en el mismo caso.  Sabido es cuál suele  ser  nuestra  curiosidad  por  indagar  lo  que  sucede a dos o tres mil leguas de aquí, ignorando lo que hay en nuestra propia casa..”

(Antonio Ponz, en su "Viage de España, en el que se da noticia de las cosas apreciables y dignas de saberse que hay en ella", volumen X, de 1781).